Rehabilitación de las Casas Colgadas de Cuenca: cuando la arquitectura le gana el espacio al vértigo y al cielo




Las Casas Colgadas son el emblema de la ciudad de Cuenca. La rehabilitación de uno de sus dos conjuntos constructivos, el antiguo mesón cerrado hace muchos años -el otro es el Museo de Arte Contemporáneo-, era un deseo unánime de los conquenses. El Ayuntamiento de Cuenca sacó a concurso nacional en el año 2016 un proyecto que ganó el joven arquitecto Javier Redondo. La obra la licitó el Consorcio de Cuenca en el año 2017.

Tres años después de la conclusión de los trabajos, hay consenso a la hora de considerar la rehabilitación como un ejemplo de buen hacer, puesto que todas las administraciones implicadas en el Consorcio -Gobierno de España, Junta de Comunidades, Ayuntamiento de Cuenca y Diputación Provincial- trabajaron en perfecta sintonía «para lograr la materialización de un proyecto brillante», según lo define la decana del COACM, Elena Guijarro. De hecho, Javier Redondo recuerda que Carmen Alcalá, inspectora del Ministerio, en una de sus visitas de supervisión de las obras, lo calificó como uno de los mejores ejemplos que había visto en su carrera profesional de un apropiado uso de dinero público.

No era de extrañar que la recuperación de la ‘Casa de la Sirena y de la Casa Bajada a San Pablo, las Casas Colgadas de Cuenca’ recibiera el  Premio COACM Emergente, para arquitectos/as menores de 40 años, concretamente en el apartado de rehabilitación. El veredicto del jurado dictamina que se trata de ‘una intervención patrimonial que refuerza la estabilidad de uno de los elementos más icónicos de Cuenca y que no solo mantiene el uso del edificio, sino que lo traslada a un lenguaje contemporáneo’.

Javier Redondo estima que la recuperación de los premios en la región era «muy necesaria», puesto que «es un reconocimiento a la Arquitectura que se realiza en la Castilla-La Mancha» y porque «visibiliza, en sus diferentes categorías, el trabajo que hacemos los jóvenes, pero también estudios con más años de experiencia».

El origen de las Casas Colgadas de Cuenca es muy antiguo. Tienen una historia varias veces centenaria que se remonta a la baja Edad Media. En siglo XV ya hay documentos que hacen referencia a ellas. Originalmente fueron viviendas privadas, construidas con la arquitectura popular típica de Cuenca.

A finales del siglo XIX se convierten en el icono urbano de Cuenca, probablemente debido al hundimiento del puente de San Pablo, que lo había sido hasta entonces. En 1926, las adquirió el Ayuntamiento. Las demolió y encargó un proyecto al arquitecto Fernando Alcántara, quien construyó sus famosas balconadas.

En julio de 1966 se inauguró, en el mismo conjunto edificatorio, el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, cuyo principal valedor fue el pintor Fernando Zóbel.  A pesar del éxito del Museo, por diferentes circunstancias, la edificación a rehabilitar, el antiguo mesón, se encontraba en una delicada situación de patologías y degradación. Durante la evolución del proyecto, el edificio fue catalogado como BIC (2016).

Con todos estos antecedentes, el proyecto de Javier Redondo partía de dos premisas fundamentales: la propia importancia del edificio y la influencia que debía tener el Museo de Arte Abstracto Español, y, por tanto, la colección que en él se puede admirar. «Desde 1966 Cuenca es un referente mundial del arte, la cultura y la vanguardia», señala Javier. Por lo tanto, el reto era incluir en el conjunto un restaurante, heredero del antiguo mesón, además de otros espacios singulares, y estar a la altura.

«Afrontamos el proyecto con muchísimo respeto, pasión e ilusión. Hemos nacido en Cuenca. Para nosotros actuar en el icono internacional de nuestra ciudad es un orgullo. Cuenca tiene dos características: su historia y el arte abstracto. Y este era el proyecto perfecto para poder unir ambas en un mismo edificio», explica Javier.

Así, desde ese respeto al patrimonio, la rehabilitación ha cambiado el concepto espacial interior, ahora ligado al Museo. Ha vinculado ambos espacios con un mismo hilo conductor. «Incluso parece que el cliente está comiendo dentro del propio Museo, gracias a la reinterpretación, desde nuestros días y desde un punto de vista arquitectónico, de los espacios, pinturas y esculturas mediante el uso de geometrías, materiales y la búsqueda de la emoción», sigue Javier.

La propuesta hace claras referencias al Museo gracias al uso de materiales como el granito, el ónix o el mármol blanco, al diseño de piezas metálicas que evocan a las esculturas de Sempere, al uso de arpilleras en las paredes que evocan a Millares, al uso de diferentes escalas en la sala blanca, donde, con una clara evocación al que fue el despacho de Fernando Zóbel, un espacio blanco, ingrávido, etéreo, queda bañado por la luz y se abre con sus ventanas al paisaje de la hoz, captando ese espacio del plano cercano y mediano, para adentrarlo, como si de un cuadro del propio Zóbel se tratase, al interior, porque en Cuenca, naturaleza, arte y cultura, son uno. «Trabajamos mucho con las emociones y con los desencadenantes poéticos para diseñar», afirma en este sentido Javier.

Además, el proyecto ha recuperado espacios perdidos en la propuesta original para dotar al programa de mayor superficie y mayor rendimiento empresarial con el fin de dar viabilidad a la intervención y el mantenimiento de la misma en el tiempo. «Cuando el mesón estaba abierto, solo se podía entrar a una parte del edificio. La propuesta original perdía mucho espacio en almacenaje e instalaciones. Hemos reorganizado el interior, para recuperar estos espacios y aportar a los clientes vistas inéditas», explica el joven arquitecto.

Pero, sobre todo, se han recuperado y puesto en valor los balcones. Se ha reforzado y sustituido elementos portantes de las balconadas, permitiendo su uso. «Antes no se podían utilizar. Ahora, los clientes pueden comer en los balcones. Se han modificado las carpinterías colocando nuevas plegables, lo que permite dejar abierto el hueco de fachada, haciendo que todos los comensales tengan la sensación de estar volcados sobre la hoz del Huécar», dice.

El presupuesto inicial era de un millón de euros. Sin embargo, al poco de iniciarse las obras, los arquitectos se llevaron la sorpresa de que la madera de los conocidos balcones, era poco menos que polvo, debido a la descomposición de su materia orgánica por efecto de la humedad. Esta circunstancia, añadida a otras derivadas de la evolución de las obras incrementaron el presupuesto, elevándolo hasta los 1.2 millones de euros. Asimismo, la obra tuvo que afrontar otra serie de dificultades logísticas, como los accesos y el acopio de materiales, además de otras derivadas de la pandemia. «No podíamos juntar personas en los mismos espacios trabajando, por lo que no se podían solapar oficios», recuerda en este sentido Javier.

Asimismo, y por el hecho de tratarse de una rehabilitación, la instalación de las redes de servicios, como climatización, la iluminación, la domótica o los sistemas de protección contra incendios, fue mucho más compleja que en cualquier obra nueva. Todas estas dificultades exigieron  lo mejor de cada oficio y profesional interviniente en las obras, puesto que la totalidad de las redes de servicios están ocultas bajo una serie de pieles interiores. Las obras comenzaron en diciembre de 2018, y terminaron en noviembre de 2020.

En resumen, el proyecto de rehabilitación le ha añadido valor al edificio, recuperando espacios y vistas nuevos para la ciudadanía, ha puesto en valor las balconadas, superando su deterioro, y le ha dado accesibilidad, climatización y, en general, modernizado sus servicios y equipamientos, eliminando elementos añadidos en el interior y el exterior. «La ejecución del proyecto demuestra que se puede incorporar un lenguaje moderno en un elemento patrimonial, sin desvirtuarlo, enriqueciéndolo. Y, en ese camino hacia la excelencia, hacer de Cuenca una ciudad mejor», afirma  Javier.

Al estudio le llueven los elogios constantemente.  «Sólo hay que ver las publicaciones que aparecen todos los días en las RRSS, con fotos en cada una de las  salas y hasta en los baños. Ese es el pago más grande que podemos tener como profesionales: el reconocimiento popular hacia el trabajo en un edificio tan importante para la ciudad, y para nosotros. Es nuestro buque insignia como estudio, y, sin lugar a dudas, la actuación con la que más nos identificamos y de la que más orgullosos estamos», termina Javier.  Así, los Redondo Soria son  profetas en su tierra.

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